«La frontera lleva su nombre», de Elena Moreno Scheredre

«…. De alguna manera, aunque todo haya parecido elegido con cabeza en mi vida, el azar ha presidido mis momentos decisivos. Cuando le encontré, yo llevaba en el regazo una golondrina con el ala rota. Buscaba desesperadamente una superficie donde depositar mis ojos cansados…»

MaudyReseña escrita por Maudy Ventosa.

La última novela de la autora bilbaína, “que se ha pasado los días buscando las orillas del mar”, Elena Moreno Scheredre, acaba de ser publicada por la Editorial Grijalbo. Se trata de La frontera lleva su nombre. Un libro entrañable escrito con el corazón, que nos muestra una realidad poco conocida que, como tantas, surge de la necesidad, de la pobreza, de la abnegación y el esfuerzo de muchas mujeres, en este caso, casi niñas.

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El libro está dividido en tres partes, con capítulos cortos que alternan diferentes escenarios y tiempos históricos; escrito en primera persona por la hija de la última golondrina, arranca el día de su boda, en Burgui, el pueblo convertido en un personaje más, que vio nacer y crecer a las Esperanzas, junto al río Esca. La novia va en alpargatas y está decidida a conocer primero, y contar después, la historia de estas mujeres sin hombres, que amaron profundamente y vivieron sin ellos, y de los que no hay ni rastro; fueron condenadas a llevar unas jodidas existencias porque se toparon con conflictos bélicos y con fronteras.

Cubierta de 'La frontera lleva su nombre'

Cubierta de: ‘La frontera lleva su nombre’

Elena Moreno no ha escrito solo una novela; su libro es un testimonio muy bien documentado y, a la vez, un homenaje. Primero a esas jóvenes, muchas de ellas niñas que apenas sabían leer, llamadas golondrinas, “hirondelles” en francés. Cuando llegaba octubre, mujeres de los valles de Aragón y Navarra, cruzaban andando a Francia por pueblos de los Pirineo para trabajar en las fábricas de alpargatas por siete o diez céntimos la hora. Eran mano de obra especializada, mal pagada, revestida de honestidad. Con ellas viajaban el miedo, la soledad, la añoranza y también, la ilusión de volver al pueblo con una vajilla de Limoges que poder enseñar a sus vecinas y que formaría parte de su ajuar. Los francos no servían ni podían cambiarse en España; el esfuerzo de su trabajo había que trocarlo en objetos que también pudieran ayudar a sus familias. La tarde antes de partir se reunían todos en la iglesia y entonaban una salve en latín. Los llantos se mezclaban con los cánticos porque todos tenían miedo. Era una costumbre que se repetía desde 1885.Las golondrinas volverían en mayo o junio, porque no se trataba de una emigración, tan solo pasaban al otro lado… Algunas acababan preguntándose dónde estaban sus raíces.

Es un homenaje también a la solidaridad que surgía entre las mujeres, porque era lo que las protegía y hacía mitigar el dolor que suponía abandonar el hogar, la tierra y la familia para ir a trabajar a otro país sin morirse de angustia y melancolía.

Según la narradora, “los estudios sociológicos de ambos países habían ignorado aquella emigración de mujeres, y solo entre los descendientes que habían quedado en Toulouse, Burdeos o Pau había tesis o estudios universitarios que hablaban de españoles que no eran refugiados del 36”.¿Es posible que quizás ellas, estas hijas de la necesidad, no quisieran pasar a la historia?

La novela discurre por la vida de cuatro mujeres de una misma familia. Fuertes, distintas, luchadoras. Esperanza, se llamaban todas e, invariablemente, todas sufrieron y tuvieron el alma y el corazón roto. Quisieron protegerse de su historia para no transmitir el dolor y las pérdidas que soportaron. Las mujeres de su época aceptaban lo que la vida les deparaba. Vivían en armonía con lo que se suponía era su destino: sobrevivir con los recursos de la tierra, casarse y tener hijos que consiguieran amoldarse a la precariedad. No “las Esperanzas”, que eran sobrevivientes cuyos vientres apenas alcanzaron para parir a una niña que heredaba el nombre.

La frontera lleva su nombre es también un canto a la familia y a la añoranza del padre ausente, de ese hombre que no sabes quién es, pero cuya mano necesitas para que te de fortaleza y sea tu refugio… Padres con voz de promesa, con ojos buenos, con ríos de generosidad.

“Homenaje también a ese dolor enquistado y casi vergonzante que guardan en el alma tantos españoles a los que la guerra les partió la vida por la mitad porque se quedaron sin padres, sin hermanos, sin memoria de ellos. Un pasado sin cicatrizar… cunetas y campos de refugiados que siguen estando ahí”. Porque algo que aun hoy provoca vergüenza al país vecino, es reconocer que sus miserables campos de acogida para los españoles que huían de la guerra, se convirtieron en campos de concentración como el de Gurs (entre Oloron y Mauleón, ciudad esta última donde trabajaban muchas de las alpargateras).“El campo de concentración francés de Gurs fue construido en cuarenta y dos días, del 15 de marzo al 25 de abril de 1939, con materiales frágiles pensando que era algo transitorio, para unos meses, hasta que los españoles dejaran de huir de la dictadura militar. No imaginaron el éxodo posterior ni el tiempo que albergarían a los republicanos ni en qué condiciones, porque llegó el otoño y estalló la Segunda Guerra Mundial… Un horror. Tras los republicanos españoles vinieron los judíos… no fueron detenidos por los alemanes… los detuvieron los franceses…”. De allí, la mayoría, eran deportados a Auschwitz.

(Foto cedida por Joseba Urretaviz)caya

(Foto cedida por Joseba Urretaviz)

Destacar también el terrible drama que sufren muchos jóvenes cuando vuelven de una guerra que ellos nunca han provocado, con caras desfiguradas por la metralla y, a veces, un cuerpo destrozado con miembros que no responden. Desfigurados, maltrechos por dentro y por fuera. Se encuentran con el rechazo de la familia y la sociedad porque su imagen provoca repulsión y miedo. Muchos no lo soportaban y se suicidaban. Los gueulescassées, encontraron un ángel que les ofreció consuelo. Se trata de una pintora americana, Anna Coleman, que “ofrecía consuelo con su arte al confeccionar máscaras parecidas a la fisonomía perdida”.

En los momentos más difíciles y duros, cuando se lucha por la supervivencia, no solo aflora lo peor del ser humano, sino también los mejores sentimientos que te reconcilian con el mundo. El altruismo, la bondad, la generosidad, el coraje… Luchar por salvar vidas sin pensar que ponían en peligro la suya, como hicieron tantas personas para ayudar a los que huían.

Elena Moreno recrea la vida en las aldeas, mientras la mirada se posa en las cumbres nevadas de los Pirineos. Estallan los colores, los sonidos, los olores a bosque, a río, a tierra… a una belleza que te transportan a una época difícil pero que trasluce autenticidad y solidaridad; familia.

¿Alguien recuerda en qué consistía el trabajo de los almadieros? La frontera lleva su nombre habla de ellos, de madres e hijas, de amor y de guerra.

La historia es un patrimonio indestructible que hay que tener en cuenta cuando uno hace de declaración de la renta en su vida, y recuerden, el pecado de amor no conduce al infierno.

PERSONAJES:

  • Esperanza Ayerra (la narradora) tiene 36 años y es fruto de la frontera de dos países. Educada en colegios de religiosas no tiene fe ni la costumbre de rezar. Es traductora. Sus antepasadas: las Esperanzas Escaín de tres generaciones. Sus ojos son azules; quiere reconstruir su historia. Biznieta de una golondrina. Chica guapa que se casa con un vecino francés, Gascon, que cuando dice “monamour” el mundo, durante ese instante, se ajusta a la medida de su abrazo. Esalto, desmadejado, atento y educado. Abogado que vive en Roma.
  • Esperanza Escaín se enfada con facilidad. Todo lo siente hacia dentro, donde está la vida silenciada. Amor incondicional por Joan Manuel Serrat. Tiene una hija, la narradora. Ojos de ónix de un padre al que no conoció. Piensa que lo que no se pronuncia no existe. Casada con Andrés Ayerra, catedrático de Historia Medieval; es el que apuntala los recuerdos de Esperanza y le ha enseñado a administrar el silencio, a escucharlo, a no despreciarlo, a sacarle el jugo a la reflexión.
  • Esperanza Escaín, la bisabuela, que nunca se separó de los libros. Nacida en 1898, es la primera golondrina de esta historia. Con quince años emprendió viaje a través de los Pirineos, desde su pueblo del Roncal, Burgui, para trabajar en la fábrica de alpargatas de Pascal Cherbero, en Mauléon.
  • Leonora, la patrona quela tratará como a una hija. Tendrá una gran amiga, Pilar, leal y generosa, que le enseñará a leer y a escribir. También será en Mauléon donde conozca al gran amor de su vida, Théodore Elissabide.
  • Esperanza Escaín o Perla, la abuela de ojos mar azul y pelo rubio. Perla por la piel blanca, casi nacarada. Mujer de extraordinaria belleza llenó de magia la niñez de su nieta.
  • Y Louis Bernier, que fue compañero de Theodore en la guerra, volvió desfigurado por la crueldad de las bombas. Era un gueulescassées. Alto, de buenos modales. Y Adrien Thibault pediatra del hospital de Pau. Elegante, educado. Ojos oscuros y penetrantes. Es un hombre comprometido, pero no milita en ninguna formación política; y muchos más…

La autora:Elena Moreno Scheredre
Elena Moreno es licenciada en Ciencias de la Información por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Ha trabajado en diversos medios de comunicación y es autora de El salón de la embajada italiana (2010), Dondequiera que estés (2013), Devuélveme la luna (2018). La frontera lleva su nombre es su última novela.
En 2014 recibió el premio de literatura Aixe Getxo. Sigue colaborando en El Correo, con la columna de los viernes, y en otros medios porque “le tienta la vida política y social”.

El libro:
La frontera lleva su nombre ha sido publicado por la Editorial Grijalbo en su Colección Ficción. Encuadernado en tapa dura con sobrecubierta, tiene 512 páginas.

Como complemento pongo un vídeo en el que Elena Moreno nos habla de su novela La frontera lleva su nombre.

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Para saber más:
https://www.facebook.com/emorenoscheredre

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Archivado bajo Literatura, Literatura, Narrativa, Por Maudy Ventosa

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