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“La señorita Bubble: Aventura bajo cero”, de Ledicia Costas (ilustraciones de Andrés Meixide)

A partir de 10 años

Papá Noel se ha convertido en Papá Cruel
¡Por los elfos de Rovaniem!

Cubierta de 'La señorita Bubble. Aventura bajo cero'

Cubierta de: ‘La señorita Bubble. Aventura bajo cero’

Ledicia Costas con cada novela se supera y quienes lo disfrutamos somos sus lectores que ya somos legión. En esta ocasión la acción se desarrolla en Rovaniem que es la capital de Laponia y donde tiene su residencia tanto Papá Noel como nuestra querida señorita Bubble y Vicent.
La casa de Papá Noel
se conecta a través de un túnel con la fábrica subterránea donde los elfos fabrican los juguetes. Estos trabajan sin descanso durante todo el año para que ningún niño se quede sin regalo de Navidad.
Pero ocurría algo extraño. ¿Cómo es posible que en casa de la señorita Bubble haya pingüinos? Pues como todos sabemos los pingüinos solo viven en el Polo Sur. Y no uno, sino cinco pingüinos con unos nombres muy curiosos para ser pingüinos: Avestruz, Papagayo, Cigüeña, Golondrina y Cacatúa. Pero la historia no acaba aquí, pues al abrir la puerta cientos de pingüinos en fila india pedían asilo.
Esto no puede ser, pensó la señorita Bubble y decidió ir a hablar con Papá Noel. Y lo que vio no le gustó nada pues los elfos son criaturas alegres que repartían felicidad pero el elfo que la abrió la puerta era de todo menos alegre y cuando llegó donde estaba Papá Noel no le reconocía ya que estaba gordo y descuidado y estaba utilizando a los pobres elfos como balas que disparaba contra una diana en la pared.

¡¡ Papá Noel se había convertido en Papá cruel!!

A partir de aquí las maldades y crueldades de Papá Cruel nos dejan atónitos pues no solo expulsa a los renos, incluido Rudolf sino que humilla a los elfos jugando con ellos al “whac-a-mole” golpeándolos e incluso encierra a nuestra querida señorita Bable en una bola de cristal e intenta que se estrelle contra los árboles abajo de la ladera. Esta gota que colma el vaso hace que los pingüinos, los elfos y los renos se unan contra el enemigo común que es Papá Cruel.
Atado y bien atado a un sillón llegan los «Responsables del reparto de regalos» encabezados por el Ratoncito Pérez, los tres Reyes Magos y Mamá Noel que cambiará su nombre por el de Anastasia Harmaajärvi una vez divorciada del malvado Papá Cruel, y que juntos redactarán un veredicto de obligado cumplimiento que en voz alta leyó el Ratón Pérez y que comenzaba con esta frase:

«Después de un intenso debate, hemos tomado las siguientes decisiones. Primera: Papá Cruel ejercerá como elfo hasta que se rehabilite y vuelva a ser Papá Noel…»

Después de despedirse de los pingüinos que vuelven a su querido Polo Sur la señorita Bable y Vicent regresan a su casa y al abrir la puerta ¡la casa estaba abarrotada de cuervos! Después de analizar la situación lady Bable esbozó una sonrisa y dijo:

—Hijo, hay que hacer las maletas. Tenemos trabajo en Londres.

Continuará…

Lee y disfruta de las primeras páginas de la novela.

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Con Ledicia Costas (foto de archivo)

La autora:
Ledicia Costas nació en Vigo en 1979, y debutó en la novela con Unha estrela no vento (1999), a la que siguieron O corazón de Xúpiter (2012), Recinto Gris (2014) y Escarlatina, a cociñeira defunta (2014), obra dirigida al publico infantil y juvenil que ha merecido todo tipo de reconocimientos, como el Premio Merlín de Literatura Infantil, el Premio Fervenzas Literarias, el Premio Xosé Neira Vilas de la Asociación Galega de Editores, ha sido incluida en la lista de Honor del IBBY (International Board on Books for Young People) para el bienio 2015-2016 y en octubre del 2015 recibió el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. Poco después le siguió el Premio Lazarillo de Creación Literaria en 2015 y 2017. Forma parte de la directiva de Gálix (Asociación Gallega del Libro Infantil y Juvenil) y del colectivo Poetas da Hostia.

El ilustrador:
Andrés Meixide (Vigo, 1970). Diseñador e ilustrador. Su obra como ilustrador está publicada en diversas editoriales. Fue premiado en el año 2006 con el White Ravens.

El libro:
La señorita Bubble: Aventura bajo cero (título original: A Señorita Bubble. Baixo cero, 2020) ha sido publicado por la Editorial Anaya Infantil y Juvenil en su Colección Narrativa Infantil. Traducción de María del Carmen Alonso Seisdedos. Encuadernado en rústica con solapas, tiene 126 páginas.

Cómpralo a través de este enlace con Casa del libro.

Para saber más:
Ledicia Costas en Wikipedia.
Ledicia Costas en Wikipedia (en galego)

 

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“Mi abuelo tenía un hotel”, de Daniel Nesquens (ilustradora: Bea Enríquez)

♦♦XVII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil, 2020♦♦

«En las habitaciones del hotel Eloísa se alojan unos clientes muy peculiares y se dan las situaciones más estrambóticas.»
.

Mi abuelo tenía un hotel fue el ganador del XVII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil y gracias a él vamos a conocer el Hotel Eloísa y a sus variopintos huéspedes, algunos estrafalarios, otros muy serios, otros un poco mal de la cabeza… pero sobre todo vamos a disfrutar de una historia de amor, de comprensión, de respeto y tolerancia hacia los demás, por diferentes que sean a nosotros.
De la mano del narrador, el nieto de los protagonistas, conoceremos lo enriquecedora y necesaria que es la relación entre abuelos y nietos, para que esa memoria que llevan dentro siga viva en nuestro recuerdo.

Mi abuelo tenía un hotel es la historia de toda una vida, una historia preciosa, y todas estas historias, aventuras y desventuras de una vida, se las cuenta el abuelo a su nieto, desde la cama del hospital, muy enfermo…

Cubierta de 'Mi abuelo tenía un hotel'

Cubierta de: ‘Mi abuelo tenía un hotel’

El abuelo tenía un hotel y se llamaba Eloísa, como su mujer. Se accedía a él subiendo tres peldaños y al entrar, al fondo del pasillo, había un gran retrato de cuerpo entero de Eloísa, la abuela, y justo debajo, una maleta que olvidó McCobsiim, un cliente habitual con cara de rana y que olía a oveja, según tenía apuntado el abuelo en su libro de registro. Cuando algún cliente necesitaba ayuda con las maletas y los peldaños, el abuelo silbaba y acudía un joven, que se llevaba una propina. También tenían repartidor de periódicos, uno de los pocos del pueblo que sabía montar en bicicleta y que puntualmente les dejaba un ejemplar con las noticias subrayadas, solo las que le interesaban al abuelo. Mientras esperaba la llegada de los huéspedes, el abuelo escribía versos.
El hotel tenía diez habitaciones, cinco por planta. En la planta baja estaba la recepción y la vivienda familiar, en la primera, las habitaciones de la 101 a la 105, y en la segunda, de la 201 a la 205; las pares tenían un pequeño balcón y las acabadas en 5 eran las mejores y las más caras. El hotel no tenía servicio de habitaciones ni ascensor y solo servían desayunos, aunque la abuela, que era una excelente cocinera, casi siempre tenía algún invitado en la mesa a la hora de la cena. Uno de sus platos estrella era la tarta de Gaumont, cuya receta encontró en una caja fuerte que había en el hotel, y hacía sonreír hasta a la persona más seria del mundo.

El abuelo y la abuela se conocieron en otro hotel en el que él trabajaba de ascensorista y ella, una joven actriz, se alojaba. Se enamoraron y emprendieron juntos un nuevo camino, hasta que llegaron a un pueblo, a quinientos kilómetros de la costa y con olor a grasa de motor, y compraron la Fonda Gaumont, que ahora es su hotel.
Allí tuvieron un hijo.

Entre sus clientes estaba el señor Harpaff, un taxidermista que había olvidado en el hotel un par de curiosas aves. También se alojaban los padres de los alumnos que estudiaban en el internado que estaba al lado del hotel, ricachones un poco estirados. Una vez les visitó una baronesa, Margarita, que resultó ser una antigua compañera de Eloísa, que coincidió con el general Preston, al que no le gustó nada ver al pequinés de la baronesa deambulando por el hotel. También los dos operarios con mono azul que vinieron al pueblo para arreglar la corriente porque llevaban 48 horas sin luz en todo el pueblo y tomaron uno de los desayunos más abundantes que jamás habían visto los abuelos. Y un profesor de Lengua, con la cara seria y la voz áspera, o un duque que alquiló las diez habitaciones del hotel para dormir cada día en una, e incluso, un hombre salchicha que habían contratado en el pueblo como reclamo publicitario. Una vez, se alojó el matrimonio Mailer con un bebé que no paró de llorar en toda la noche hasta que el señor Scrooge, harto del ruido, protestó y los padres le dejaron al bebé para que se ocupase él de calmarlo, cosa que consiguió. Una vez estuvo en el hotel un hombre que había metido su coche en la piscina porque no paraba de darle problemas. También se alojaron el señor Mossfontein, por ejemplo, que dormía debajo de la cama, y el señor Hermesson, que les hizo un espantapájaros en el jardín.
Todos ellos tenían a su disposición unas hojas en las que podían escribir sus sugerencias sobre el hotel, y los comentarios eran de lo más curiosos; el más interesante: uno en el que comentaban que echaban en falta una pequeña biblioteca, cosa que el abuelo se puso a organizar de inmediato.

La novela me ha encantado. Tiene una frescura especial y esta escrito de una forma en donde  el humor está presente a lo largo de toda la narración y es, sin duda, uno de sus mejores valores. A través del lenguaje, de los personajes, de las historias y, sobre todo, de la ironía y el absurdo, nos engancha y hace que disfrutemos de este disparatado mundo del Hotel Eloísa. la novela es muy tierna, y se nota por profundo amor que siente el abuelo hacia Eloísa, y ella hacia él, está presente en toda la narración y reflejado en los versos de amor que escribe, dedicados a la felicidad que siente al estar junto a ella, incluso si tienen que dormir en un banco del parque.
Tanto el abuelo como la abuela muestran una extraordinaria generosidad, empatía, comprensión y respeto hacia sus clientes, son personas que aman lo que hacen y a lo que se dedican y, gracias a ello, no paran de recibir muestras de agradecimiento por parte de algunas de las personas que se cruzan en su camino, desde los hermanos Laurel hasta el señor marchito que iba buscando a su mujer.

El narrador de la historia es el nieto de Eloísa, a la que no llegó a conocer, y del abuelo, y nos cuenta con cariño y ternura los recuerdos que le ha ido contando su abuelo y nos hace ver la importancia que tiene compartir tiempo y vivencias con las personas mayores.

Lee y disfruta de las primeras páginas del libro.

El autor:
Daniel Nesquens nació en Zaragoza en 1967. Su trayectoria literaria comienza en el año 2000 con Diecisiete cuentos y dos pingüinos (Anaya). Ha publicado más de una treintena de títulos, y el humor es la nota predominante en todos ellos, una característica que escasea en la literatura infantil y que Nesquens sabe acercar a la lógica de los más pequeños. De sus obras publicadas en Anaya destacamos: Mermelada de fresa (Primer Premio de Álbum Ilustrado Ciudad de Alicante, 2001), Mi familia, Hasta (casi) 100 bichos (White Ravens, 2002), Hasta (casi) 50 nombres, Días de clase, Puré de guisantes, Papá tenía un sombrero (Segundo Premio de Álbum Ilustrado Ciudad de Alicante, 2006) y la serie Marcos Mostaza. En 2010 resultó ganador del VII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil con el libro El hombre con el pelo revuelto, ilustrado por Emilio Urberuaga y con el mismo ilustrador en 2020 publica Dieciséis cuentos y tres tigres.
Diez años después repite galardón con Mi abuelo tenía un hotel.

La ilustradora:
Bea Enríquez nació en Madrid en 1982. A lo largo de toda su vida, su trabajo ha estado vinculado al mundo de la ilustración y a la docencia en el ámbito acuático, que son sus pasiones. Estudió en la Escuela de Artes y Oficios Nº 10 de Madrid. Desde entonces, ha trabajado en diferentes tipos de proyectos, tal vez por eso su obra no se pueda definir dentro de un solo sector, pero, sin embargo, es bastante reconocible. Su obra comprende pintura mural, álbum ilustrado, libros de texto, poesía, diseño textil, ilustración publicitaria, diseño de logotipos, cómic y novela gráfica. En su faceta como docente, utilizó metodologías de enseñanza adaptadas al ámbito acuático, desde la etapa infantil hasta la Formación Profesional. Siempre ha huido de patrones dirigidos y se ha valido de la creatividad como motor imprescindible para desarrollar su trabajo. Esta forma de trabajar en el agua está estrechamente unida a su forma de pintar, de crear y crecer como artista y como persona.
En 2015 recibió el Premio Edelvives Patopollo por el diseño de la mascota en el Matadero de Madrid. Y en 2018 el Premio Internacional de Novela Gráfica Fnac-Salamandra Graphic con su primera obra autobiográfica ¿Dónde estás? A partir de aquí sigue dibujando, pintando su vida y las cosas que le rodean, le inquietan, le emocionan o le mueven por dentro.

El libro:
Mi abuelo tenía un hotel ha sido publicado por la Editorial Anaya Infantil y Juvenil en su Colección Premio Anaya (Infantil). Ilustraciones de Bea Enríquez. Encuadernado en tapa dura tiene 104 páginas.

Cómpralo a través de este enlace con Casa del Libro.

Para saber más:
Daniel Nesquens en Wikipedia.
https://www.beaenriquez.com/

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