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“La edad de la inocencia”, de Edith Wharton

♦ Premio Pulitzer de Ficción (1921)♦

Edición, introducción y notas de María Teresa Gómez Reus
Traducción de Martín Schifino

«La elegancia con que está tejida su trama memorable, la verdad existencial de los conflictos que plantea y su capacidad para generar nuevas lecturas sugieren la vitalidad de un texto que trasciende a cualquier «edad», y por ello merece la noble etiqueta de clásico de la literatura universal.»  [De la introducción]

Cubierta de 'La edad de la inocencia'

Cubierta de: ‘La edad de la inocencia’

La edad de la inocencia es una novela escrita en 1920 por la autora estadounidense Edith Wharton cuando casi rondaba los 60 años. Era su duodécima novela, e inicialmente se publicó en 1920 en cuatro partes, en la revista Pictorial Review. Más tarde ese año, fue publicado como un libro por D. Appleton & Company. Ganó el Premio Pulitzer de Ficción de 1921, convirtiendo a Wharton en la primera mujer en ganar el premio.
En su reveladora —aunque celosamente filtrada— autobiografía publicada en España por Ediciones B y titulada Una mirada atrás, Wharton nos relata una infancia llena de bienestar material, buena cocina y ropa cara, pero lo que se traduce es la imagen de una niña solitaria, que entabla una apasionada relación con los perros y los sonidos de las palabras y también 
escribió sobre La edad de la inocencia que le había servido para encontrar “un escape momentáneo al volver a mis recuerdos infantiles de una América desaparecida hace mucho tiempo… se hacía cada vez más evidente que el mundo en el que crecí y en el que me formé había sido destruido en 1914 durante la Primera Guerra Mundial”. Si al final os decidís a leerla seguro que estáis de acuerdo en que La edad de la inocencia es fundamentalmente una historia que lucha por reconciliar lo viejo con lo nuevo.

«En el centenario de su publicación destaca el magnífico trabajo realizado por Ediciones Cátedra»

La edad de la inocencia se centra en el inminente matrimonio de una pareja de clase alta, Newland Archer, caballero abogado y heredero de una de las familias más ilustres de la ciudad de Nueva York, que anticipa un feliz matrimonio altamente deseable con la bella y protegida May Welland. Sin embargo, encuentra razones para dudar de su elección de novia después de la aparición de la condesa Ellen Olenska, la exótica y bella prima de 30 años de May.

Aunque la novela cuestiona los supuestos y la moral de la sociedad neoyorquina de la década de 1870, nunca se convierte en una condena directa de la institución. La novela destaca por la atención al detalle de Wharton y su descripción precisa de cómo vivió la clase alta estadounidense de la costa este del siglo XIX , así como por la tragedia social de su trama. Wharton tenía 58 años cuando se publicó; ella había vivido en ese mundo y lo había visto cambiar dramáticamente al final de la Primera Guerra Mundial.

La novela es extraordinaria y no quiero desvelar lo que pasa, pero no puedo resistirme a contar el final aunque sea un poco destripar (magnífica palabra bastante mejor que el anglicismo spoiler) las última páginas, pues después de la muerte de May, Newland y su hijo mayor, Dallas, están en París. El hijo, al enterarse de que la prima de su madre vive allí, ha acordado visitar a Ellen en su piso de París. Newland está sorprendido ante la perspectiva de ver a Ellen nuevamente. Al llegar fuera del edificio de apartamentos, Newland envía a su hijo solo para encontrarse con Ellen, mientras él espera afuera, mirando el balcón de su apartamento. Newland considera subir, pero al final decide no hacerlo; él camina de regreso a su hotel sin verla. Las últimas palabras de Newland sobre la historia de amor fueron “Para mí es más real así que si subiera”.

La novela se complementa con una magnífica introducción de 120 páginas, una amplísima bibliografía y las notas.

Lee y disfruta de las primeras páginas de la novela.

Edith Wharton

Edith Wharton

La autora:
Edith Wharton nació en Nueva York en 1862. Su nombre de soltera era Edith Newbold Jones. Su familia era de clase alta, comparable a la aristocracia europea, y consecuentemente recibió una esmerada educación privada.
Antes de cumplir los cinco años viajó por primera vez con sus padres a Europa. En 1885, cuando tenía veintitrés años, Edith se casó con Edgard (Teddy) Robbins Wharton, doce años mayor que ella. Se divorciaron en 1913 a causa de las repetidas y públicas infidelidades de su marido, que afectaron mental y físicamente a la escritora y que motivaron que tuviera que ser ingresada en una casa de reposo. A partir de su matrimonio también pasaría parte de cada año en Europa: en Italia primero y en París después, donde se estableció en 1907, en un apartamento en la rue de Varennes donde viviría rodeada de princesas y duquesas, novelistas, historiadores y pintores, hasta su muerte. Durante un tiempo mantuvo un sonado idilio con el periodista estadounidense William Morton Fullerton. Su primera novela, El valle de la decisión, se publicó en 1902: un romance histórico que transcurre en la Italia del siglo XVIII. El año siguiente publicaría Santuario (Impedimenta, 2007), y en 1905 vería la luz su primera gran novela, La casa de la alegría. En 1907 se estableció definitivamente en Francia, donde se convirtió en discípula y amiga de Henry James. De esta época destaca su novela corta Ethan Frome, una trágica historia de amor entre personas corrientes ambientada en Nueva Inglaterra, que se publicó en 1911. Su obra más conocida es La edad de la inocencia, publicada en 1920 y ganadora del premio Pulitzer en 1921.
Edith Wharton está considerada la más genial novelista americana de su generación, admirada por intelectuales de la talla de Henry James, Francis Scott Fitzgerald, Jean Cocteau y Ernest Hemingway. Falleció el 11 de agosto de 1937 en la localidad de Sain-Brice-sous-Forêt, cerca de París. Está enterrada en el Cementerio de Gonards en Versalles.
[Biografía de Edith Wharton publicada por la Editorial Impedimenta]

El libro:
La edad de la inocencia (título original: The Age of Innocence, 1920) ha sido publicado por Ediciones Cátedra en su Colección Biblioteca Cátedra del Siglo XX. Edición, introducción y notas de María Teresa Gómez Reus (2020).  Traducción de Martín Schifino (2020). Encuadernado en rústica con solapas tiene 490 páginas.

Cómpralo a través de este enlace con Casa del Libro.

Como complemento pongo el trailer subtitulado en español de La Edad de la Inocencia (1993). La película, dirigida por Martin Scorsese cuenta con los actores Daniel Day Lewis, Michelle Pfeiffer, Winona Ryder.

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Para saber más:
Edith Wharton en Wikipedia.

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“El Vicio de la lectura” de Edith Wharton

‘The vice of lecture’ es un texto que Wharton publicó en 1903 en la ‘North American Review’

Cubierta de El vicio de la lectura

Cubierta de El vicio de la lectura

La “difusión del conocimiento” clasificada habitualmente, junto con la máquina de vapor y el sufragio universal, en la categoría de los avances modernos ha dado lugar incidentalmente a la producción de un vicio nuevo: el vicio de la lectura.

Ningún vicio es más  difícil de erradicar como aquellos que popularmente se consideran virtudes. Entre estas virtudes la más notable es el vicio de la lectura. Se suele admitir que la lectura de basura es un vicio y sin embargo la lectura per se –el hábito de leer— pese a ser nuevo, figura ya entre virtudes tan bien reputadas como la sobriedad, el ahorro, madrugar y practicar regularmente ejercicio. Sin embargo, hay algo particularmente agresivo en la virtud del sentido del deber que posee un lector. Para quienes se atienen a las indicaciones más estrictas de la preceptiva, el lector aparece como alguien que cumple con las reglas de la perfección: “Cuánto me hubiese gustado haber leído tanto como usted”, le confiesa el novicio iletrado al adepto a la excelencia, y el lector, tan acostumbrado al incienso del aplauso indiscriminado, mira su ocupación con toda naturalidad como un logro intelectual notable.

La lectura como ejercicio deliberado –lo que podríamos llamar lectura volitiva— es equiparable a la erudición con relación a la cultura. La verdadera lectura es una acción refleja. El lector nato lee de forma tan inconsciente como respira y, para llevar la analogía un grado más lejos, podría decirse que la lectura tiene tanto de virtuoso como respirar. Resulta meritoria en la misma proporción en que se convierte en una tarea gratuita. ¿En última instancia, qué es la lectura sino el intercambio de pensamiento entre el lector y el escritor? Si el libro entra en la mente del lector del mismo modo que abandonó la del escritor –sin ningún añadido o modificación como las que inevitablemente se producen por contacto con un nuevo cuerpo de pensamiento— entonces ha sido leído sin propósito alguno. En estos casos, naturalmente, la culpa no siempre es del lector. Hay libros que son siempre el mismo, incapaces de modificar o de ser modificados, pero este tipo de libros no cuentan como factores en la literatura. El valor de los libros es proporcional a lo que podría llamarse su plasticidad, es decir, su cualidad de ser todas las cosas para todos los hombres, de ser moldeados de muchas maneras por efecto del impacto con formas frescas de pensamiento. Cuando, por una razón o por otra, falta esta adaptabilidad recíproca, la auténtica cópula entre el libro y el lector no es posible. En este sentido puede decirse que no hay un patrón abstracto de valores en literatura: la medida de los libros más grandes que se han escrito es únicamente lo que cada lector es capaz de sacar de ellos. Los mejores libros son aquellos de los que los mejores lectores han conseguido extraer la mayor cantidad de los mejores pensamientos. Pero generalmente de este tipo de libros es de los que menos obtiene el lector mediocre.

Mujer leyendo

Mujer leyendo

Por consiguiente, ser un lector mediocre debe considerarse una desgracia, pero no es un fallo en absoluto. ¿Por qué deberíamos ser todos lectores? No se espera de todos nosotros que seamos músicos: en cambio debemos leer, de modo que quienes no son capaces de leer creativamente lo hacen mecánicamente. ¡Como si el que no tiene aptitud para el violín pensara que es lo mismo tocar el violín que darle a la manivela de un organillo! En materia de lectura hay que entender de buen principio que quienes la ofenden de verdad no son los que se limitan a leer la consabida basura. El que se confiesa devorador de narrativa estúpida es muy poco dañino. Quien festeja “la novela del momento”, no constituye un obstáculo serio para el desarrollo de la literatura. El criterio que considera las divisiones naturales del melón como una indicación de que es una fruta que debe comerse en famille, podría considerar también que ciertas obras –libros automáticos, que no requieren esfuerzo como no sea pasar las páginas y usar los ojos— están especialmente diseñadas para el consumo del lector mecánico. La providencia nos proporciona innumerables autores cuya misión obvia consiste en proteger a la literatura de los estragos de los tontos. El lector mecánico se convierte en un peligro para las letras sólo cuando osa pastar en prados que no son los que le están predestinados. Por desgracia, la idea de que la lectura es una cualidad moral ha llevado a muchas personas razonables a renunciar a la lectura ligera e inocua a favor de cópulas más agotadoras. Son personas para quienes “leer es una disciplina”. ¡La “plataforma” de los más ambiciosos en efecto implica la determinación de mantenerse al día de todo lo que se escribe! Para este tipo de lectores el mayor y más fuerte incentivo aparentemente es este deseo de mantenerse al día: parecen considerar la literatura como un tranvía que sólo puede “abordarse” a la carrera; mientras que muchos lectores natos no tienen empacho en holgazanear a la hora del té en calesas o en coches tirados por caballos, sin preocuparse demasiado de los nuevos medios de locomoción.

Edith Wharton

Edith Wharton

Edith Wharton, de soltera Edith Newbold Jones nació en Nueva York, Estados Unidos, el 24 de enero de 1862 y murió en  Saint-Brice-sous-Forêt, Francia, el 11 de agosto de 1937.

Nació en una familia rica que le proporcionó una sólida educación privada. Combinó su privilegiada posición con un natural ingenio para escribir novelas y relatos, que destacaron por su humor, carácter incisivo y escasez de acción narrativa. Asimismo, trabajó en diversas publicaciones.

Obtuvo el Premio Pulitzer y fue la primera mujer nombrada Doctor Honoris Causa por la Universidad de Harvard. Su obra literaria es críticamente irónica con la alta clase social neoyorkina, que conocía bien. Escribió numerosas novelas y cuentos. Su novela más famosa es La edad de la inocencia (The Age of Innocence). 

Fue amiga y confidente de muchos intelectuales de su tiempo. Henry James, Francis Scott Fitzgerald, Jean Cocteau y Ernest Hemingway fueron invitados suyos en alguna que otra ocasión. También era buena amiga del presidente Theodore Roosevelt.

Continuó escribiendo hasta su fallecimiento el 11 de agosto de 1937 en Saint-Brice-sous-Forêt, en la región de Île-de-France, cerca de París. Está enterrada en el cementerio de Gonards en Versalles.

El vicio de la lectura (título original: The vice of reading, 1903) ha sido publicado por la Editorial José J. de Olañeta en su Colección Centellas. Traducción de Abel Vidal. Encuadernado en rústica con solapas, tiene 48 páginas.

Cómpralo a través de este enlace con Casa del Libro.

Como complemento pongo un vídeo grabado por Slapshotkids en el que se muestra The Mount, su finca en LennoxMassachusetts, fue diseñada por la escritora y ejemplifica sus diseños.

The Mount at Lenox, MA Home of: Edith Wharton

Para saber más:

http://public.wsu.edu/~campbelld/wharton/

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