«El corazón del Imperio», de Miguel Díaz de Espada

«ELLAS HABLARON. ELLAS VIVIERON.
ELLAS CAMBIARON LA HISTORIA»

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El corazón del Imperio, de Miguel Díaz de Espada —basado en la serie de Movistar del mismo nombre—, descubre las vidas de las grandes protagonistas de la historia de Roma. Fulvia, Cleopatra, Livia… Roma tiene nombre de mujer, aunque la historia, a menudo, se empeña en relegarlas a un papel secundario, cuando no al de meras espectadoras.

Cubierta de 'El corazón del Imperio'

Cubierta de: ‘El corazón del Imperio’

Este es un libro en femenino plural y feminista. Un libro que, a través de sus nueve capítulos, nos permite descubrir las historias de unas cuantas mujeres que supieron romper los estereotipos romanos que describían a la mujer como aquella capaz de gestionar únicamente la economía doméstica, que fueran buenas conversadoras, grandes conocedoras del arte y la cultura…, perfectas anfitrionas y modestas compañeras. Para la mentalidad romana, “ella es solo el receptáculo, toda la fuerza creadora proviene del hombre”, describe el autor. Los que aquí se recogen son relatos de mujeres que no se conformaron con ser compañeras y dar a luz a emperadores, sino que también decidieron quién debía ocupar el cargo o, incluso, dominaron el destino del Imperio desde las sombras.

La historia de Roma viste péplum, coraza y espada, o lo que es lo mismo, es la que los hombres han contado sobre sí mismos. Según los escritos que nos han llegado, el perfil de la mujer romana empieza por hache: “Honesta, hermosa y hacendosa”. Y, además, en palabras de Tito Livio, “laboriosas e invisibles”. La domus queda convertida en una prisión donde impera la sumisión. Los romanos no suelen hablar sobre ellas, pero si lo hacen es “para señalar algún comportamiento que consideran inapropiado”, afirma Díaz de Espada.
En El corazón del Imperio, el autor trata “de dar voz a algunas de las mujeres que ayudaron a construir la historia de Roma, aunque con mucha frecuencia esta historia las pasó por encima […]. Unas mujeres que no tuvieron la oportunidad de contarla ni escribirla, así que tendremos que rebuscar lo que los hombres dijeron de ellas. Y esto es un dolor de cabeza continuo”.

Por lo tanto, hay que poner nombre propio a las protagonistas de este El corazón del Imperio, que nos va a permitir descubrir cómo era la vida de las mujeres romanas en diferentes épocas y el papel que tuvieron en la historia del Imperio.

Fulvia Flaca Bambalia.
Si hubiese seguido el guion predestinado por la machista sociedad romana de la época, hubiese sido una más: casada, recogida entre cuatro paredes, con muchos hijos y muerte en las estancias de su casa. Se casó, cierto. Tres matrimonios en sus treinta y ocho años de vida, que fueron de menos a más intensidad. Entre medias de ellos, Fulvia deja el sello de su personalidad. Es una modélica madre romana (es fiel a sus maridos —y eso que fueron personajes peculiares, que no pasaron desapercibidos—, y cuida de sus hijos), pero también ocupó «el centro del poder político en uno de los momentos más fascinantes de la historia de Roma, las luchas de poder en época de Cicerón, Julio César y Octavio Augusto».
El autor asegura que Fulvia con el paso de los años no dará muchas muestras de docilidad y debilidad de carácter”. Viuda del mafioso populista y rey de los bajos fondos de Roma, Publio Clodio Pulcro, a los veinticinco años, heredó el «imperio» controlado por su difunto esposo, contaba con un ejército privado a sus órdenes y disponía de un patrimonio muy saneado para hacer lo que quisiera. Es decir, tenía poder. A partir de ahí el papel de Fulvia es cada vez más destacado en la vida política.
No se amilanó ante nadie ni ante nada. Enemiga acérrima de Cicerón, quemó el Senado como venganza por el asesinato de su marido Clodio. Nunca traicionó a los suyos, incluso ante la infidelidad de Marco Antonio en los brazos de Cleopatra. Se enfrentó al poder establecido cuando se sintió traicionada políticamente. Organizó un ejército de ocho legiones, unos 30.000 soldados, para enfrentarse a Octavio, que de socio político pasó a convertirse en el rival número uno. Sus enemigos decían de ella que «de mujer solo tenía el sexo, un auténtico César con faldas». Fue la primera mujer romana cuya cara apareció en una moneda.

Cleopatra VII.
Dice el autor que de la mujer más famosa y poderosa de la historia se tiene una imagen distorsionada que ha llegado hasta nuestros días: “Excesiva, exótica, caprichosa, decadente, seductora, devoradora de hombres… una prostituta oriental (para los romanos todos los vicios vienen de Oriente) que con sus artes de hechicera convierte a los romanos más nobles en perritos falderos”. Lejos de esta retahíla de términos, que la convierten en objeto de deseo, hay un personaje interesante: excelente oradora, culta, políglota (hablaba siete idiomas), escritora (autora de tratados sobre medicina y farmacología), comandante del ejército, diplomática y administradora de su reino. Y todo rubricado por el apoyo popular. Ayudó firmemente a su gente: luchó contra la hambruna y la sequía y realizó importantes edificios civiles y religiosos. Y no rehuyó al combate contra los enemigos que acosaban su imperio, que era un ejemplo de “mestizaje entre el mundo helenístico y el egipcio”, como dice el autor. Eligió la protección de su pueblo antes que saciar sus aspiraciones personales. Visión de Estado. Es decir, un interesante perfil político y social. Una líder en el más amplio sentido de la palabra.

Livia Drusila.
El marco donde se encuadra la biografía de Livia sirve para conocer cómo era la maternidad en el Imperio. Partimos, como cuenta el autor, de la ultrasesgada imagen que tienen sobre la mujer las historias que nos han llegado a la actualidad. Díaz de Espada relata que a la mujer se la consideraba antes del embarazo «como un campo para la siembra (…) mientras que el hombre es una espada o un arado (…)»; y destaca que en la mentalidad grecolatina «una mujer es simplemente un hombre imperfecto, algo que se ha quedado a medio hacer».
Livia es habilidosa, inteligente, solidaria con amigos en apuros, sobria y poco ostentosa. Controla las finanzas, tiene moneda con su cara y estatuas en la ciudad. La otra cara de la moneda nos muestra a una Livia conspiradora. Tiene una larga lista de presuntas víctimas de muertes en extrañas circunstancias o en el exilio: Marco Claudio Marcelo, Agripa, Cayo César, Lucio César, Agripa Póstumo… todos aspirantes, más o menos favoritos, a ocupar puestos que impedirían el ascenso de sus hijos. Al final, consiguió lo que planeaba: Octavio nombra heredero a su Tiberio. Con ella se justifica la idea de que «da igual que todas las posibilidades estén en tu contra, da igual lo fuerte o grande que seas, da igual lo que digan o piensen de ti. Si resistes, ganas», resume Díaz de Espada.

Agripina la Mayor.
Esposa de Germánico, nieta (favorita) de Octavio Augusto (primer emperador romano) y Livia Drusila; hija de Agripa y madre de Calígula. Es una mujer fuerte de físico y de seguras convicciones. Curtida en los campamentos de los ejércitos de su marido en la Germania, es un como «animal sobre el escenario, como una estrella de rock», dice Díaz de Espada. Atrae todos los focos. No se conforma con ser «el jarrón de adorno» como es el destino de la mayoría de niñas de la élite romana. Participa en batallas donde llega a salvar el pellejo de su marido, que luego morirá en Siria.
«Es la mujer más querida de Roma, respetada por las legiones de su marido y nada acostumbrada a dar su brazo a torcer», así la describe Díaz de Espada. Es apoyada por las clases populares y el ejército.
Su objetivo fue colocar en el poder a alguno de sus hijos. «Si su marido no ha podido ser emperador, sus hijos sí lo serán. Tiene derecho, valor y fuerza para conseguirlo», narra el autor. Pero no le salió como esperaba tras desavenencias imperiales con Tiberio. Al final, y por mantener su orgullo, muere en la cárcel con dos de sus hijos mayores tras negarse a comer.

Agripina la Menor (Agripina).
Hija de Agripina la Mayor. Siguiendo la costumbre paternal de encontrar pronto el mejor partido posible, la primera boda fue a los trece años, con Domicio Enobarbo, de cuarenta y cinco. El hijo, tras diez años de matrimonio, se llamó Nerón, el famoso emperador.
Dice Ruiz de Espadas, que Agripina tiene el récord de ser la romana más insultada de la historia por las fuentes clásicas. Poco materialista, le importaba más el poder político que el dinero y las joyas. Vivió épocas convulsas de Roma, pero supo sobrevivir: vio morir a su madre, padre y cinco hermanos. Inteligente, con carácter, prudente y buena madre, como describe esta frase que le soltó a su hijo Nerón: “Una madre no cambia de hijos como una mujer impúdica cambia de amantes” para decirle que se comportase como un emperador y no como un idiota.
El resumen de Díaz de Espada es concluyente: «Tal vez ella no sea una gran gobernanta (…) Solo se limita a dar órdenes razonables, lo que resulta ser de lo menos razonable en Roma».

El libro reserva páginas a otras mujeres que sin ser tan protagonistas como las anteriores, si tuvieron un papel relevante en la sociedad romana, muchas de ellas sin el apoyo de las grandes dinastías, que aseguraban el poder.

Se recuerda a Boudica, reina de los icenos (tribu britana) y líder competente, que puso en jaque a los ejércitos romanos que dominaron las islas británicas. Lo más relevante del personaje, aparte de su componente militar, es que con ella llega un nuevo concepto de la mujer. Boudica ha pasado a la historia como un símbolo de la lucha contra el invasor, icono feminista o, incluso, una muestra del carácter nacional inglés (…) Frente al invasor romano consigue unir a distintos linajes a la causa, aferrándose a conceptos como la libertad, la familia o la independencia económica.

Otros ejemplos son Julia Domna y su hermana Julia Mesa, y sus hijas Julia Soemias y Julia Mamea, que tuvieron una intensa actividad política en la ciudad. Domna utilizó su influencia para que sus hijos fuesen nombrados emperadores. El mayor era Caracalla, que asesinó a su hermano. Y luego fue asesinado por enviados de su tía Julia Mesa.

Díaz de Espada le dedica un capítulo a las bacanales y las vestales. Estas eran figuras casi sagradas cuya misión era rendir culto a la diosa Vesta y mantener siempre viva la llama del templo, y las bacanales son celebraciones en honor al dios Baco, el dios niño, un culto formado solo por mujeres que escapan del control del estado, en las que las clases sociales se desdibujan y en el que no hay constancia de ningún tipo de práctica sexual. Por tanto, dos significados muy alejados de lo que entendemos por una y otra palabra.

Para finalizar el autor destaca que por cada Cleopatra existieron miles de mujeres libres, esclavas o libertas, pobres o ricas, que trabajaron y desempeñaron multitud de oficios, unas mujeres que siempre estuvieron ahí, pero que habían sido sistemáticamente despreciadas, en mitad de una historia entendida como los grandes hechos de los reyes, las batallas y las fechas cruciales.

«Historias de mujeres que supieron romper
los estereotipos romanos»

Lee u disfruta de las primeras páginas del libro.

El autor:Miguel Díaz de Espada
Miguel Díaz de Espada es bioquímico de carrera, pero en el fondo lo que le cautiva es la historia en su más amplio sentido. Ya sea como divulgador histórico de la Alta Edad Media (del siglo V al XI), o bien interpretando personajes como el caballero francés Hugo de Payns, del documental sobre la orden de los Templarios, de Canal Historia. Actor, realizador y guionista, es especialista y coordinador de escenas de acción. Ha trabajado en películas como Terminator: Destino oscuro, Alatriste, y series como Antidisturbios o El Ministerio del Tiempo.

El libro:
El corazón del imperio ha sido publicado por Editorial Planeta en su Colección No Ficción. Encuadernado en tapa dura con sobrecubierta, tiene 272 páginas.

Cómpralo a través de este enlace con Casa del Libro.

Como complemento pongo el booktrailer del libro.

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