“Días de Nevada” de Bernardo Atxaga (seudónimo)

Una historia construida con 140 fragmentos en los que las escenas cotidianas se mezclan con los sueños, los recuerdos y las reflexiones.

Cubierta de: Días de Nevada

Cubierta de: Días de Nevada

Bernardo Atxaga ha publicado su último libro Nevadako Egunak /Días de Nevada y como en otras ocasiones escrito primero en euskara y luego traducido por el mismo autor. La traducción al castellano no se limita a ser una conversión literal de las palabras, sino que busca su propia identidad en función de las posibilidades del lenguaje. Por eso Atxaga prefiero llamarlo “versión”, un trabajo de edición en el que también le ha ayudado, como en otras ocasiones, la traductora Asun Garikano.

Entre agosto de 2007 y junio de 2008 Bernardo Atxaga junto a su familia vivió en Reno, Nevada (EEUU) invitado por el Basque Studies Center de la Universidad de Nevada. De aquella estancia surgió este libro, formado por distintas piezas, unas veces cercanas a la crónica, otras a la novela, otras al cuento y otras a narraciones de viajes. Atxaga escribe en primera persona y los nombres de su mujer y sus hijas están cambiados y no se llaman como en la vida real.

El libro parece tener la estructura de un diario: el autor va haciendo anotaciones desde el día mismo de la llegada. Ahí están sus primeros contactos con la Universidad y los residentes en la zona o las excursiones al desierto:

“—¿Quieres dar una vuelta por el desierto? Yo te lo enseñaría con mucho gusto —dijo.
La invitación me cogió por sorpresa, y acepté sin pensármelo dos veces.
—Estupendo. ¿Te parece bien mañana por la mañana? Es martes.
Volví a decir que sí.
Bob Earle es el vecino de la familia y quien se va encargar de descubrirle al narrador el desierto. Lo conoce bien, ya que desde niño acudía a él para cazar serpientes. La sensación de vacío va a dar paso rápidamente a otras cosas. Primero, aparecerán las montañas trapezoidales. Después, los juníperos, un lagarto, una furgoneta abandonada, un pueblo fantasma…”

Bernardo Atxaga en Nevada.

Bernardo Atxaga en Nevada.

La asistencia a mítines de Obama y Hilary Clinton -entonces en plena campaña de las primarias-, reuniones de amigos, fiestas, la desaparición del aventurero Fossett cerca de donde se encuentran, una serie de violaciones a adolescentes en la misma calle donde viven… Junto a eso, recuerdos de la adolescencia, conversaciones con la madre enferma, sueños no siempre fáciles de interpretar.

Días de Nevada es una historia hecha de historias, a modo de caja china, que nos muestra cómo cada experiencia que vivimos, cada vínculo creado entre las personas más allá de las distancias temporales y espaciales, cada emoción que nos impacta, cada amenaza que combatimos permanece indeleble. Y nos convierte en lo que somos.

Lo que sigue es la entrevista con el autor:

Pregunta. ¿Quién es el protagonista de Días de Nevada?, ¿cuánto hay de usted en el narrador y cuánto de lo que cuenta sobre la vida de él en Nevada le ocurrió a Bernardo Atxaga?
Respuesta. Piense en los dibujos primitivos de las cuevas. Quienes los hacían aprovechaban las grietas o los abombamientos de la pared de piedra para crear sus figuras. Si el abombamiento les recordaba el vientre de un caballo, pues dibujaban un caballo. En la literatura es igual. Siempre hay una base, algo previo a la escritura. Conan Doyle creó el personaje de Sherlock Holmes a partir de una persona concreta, el profesor de fisiología Joseph Bell. En el caso concreto de Días de Nevada, una de las bases soy yo mismo. A veces el narrador se aleja poco de la persona, como cuando cuenta el funeral de un soldado muerto en Irak. Pero también hay veces en las que se aleja. En el texto del caballo electrocutado, por ejemplo. Por eso tiene forma de cuento, y no de crónica.

P. ¿Y de los recuerdos del personaje, tanto los de infancia como los de la muerte de su padre y su madre?, ¿cuáles son suyos y cuáles imaginados?
R. Me gustaría darle una explicación general del libro. En él hay dos itinerarios. El primero discurre por el paisaje exterior, es decir, por Nevada, por el Lejano Oeste; el segundo, por el paisaje interior, por lo que se podría llamar mi mundo psíquico. En el libro, ambos itinerarios se mezclan. Desde las primeras páginas, además. Un helicóptero se posa en la terraza del St Mary´s Hospital de Reno, y lo cuento. Pero, gracias a la memoria, ese hospital me lleva a otro, a un hospital de San Sebastián, y también cuento ese recuerdo.
De todas maneras, da igual que el recuerdo sea más o menos fidedigno, más o menos imaginado.
Lo que cuenta es el resultado, el texto, y el papel que juega en el texto general, en el libro.

P. En el libro incluye el secuestro de la joven Brianna Denison, que ocurrió a pocos metros de su casa.
R. El libro tiene un centro, un núcleo poético que asume ciertos temas y olvida otros. Uno de los temas asumidos, aceptados, es el del monstruo, el de la irrupción del monstruo en la vida cotidiana. Por eso cuento la historia de la película de King Kong, y la reacción de una de las niñas ante la muerte del simio. Ocurre luego que en el caso de Brianna Denison también hay un raptor, un King Kong. Por eso está en el libro. No solo porque el rapto se produjera en mi vecindad.

P. ¿Cómo fue el proceso de escritura?, ¿empezó allí como una especie de diario, mientras escribía Siete casas en Francia?
R. Sí, empecé a tomar notas mientras escribía Siete casas en Francia. Pero, sobre todo, llené mi memoria. Igual que se llena un depósito de agua. Es importante jugar con la memoria. Es el primer filtro. Lo que ella olvida, bien olvidado está.

P. ¿Y cómo fue el proceso de selección? Al final se quedó con sólo 140 fragmentos de los 180 que escribió, ¿en qué se basó para hacer esta “poda”?, ¿cuál fue el criterio?
R. Aparte de que lo que he dicho antes, la necesidad de que todos los textos correspondan a un centro poético y ayuden a la unidad, está la cuestión del ritmo. El ritmo es fundamental. Es, quizás, lo más importante. En los textos, en la vida, en todo. Por eso he quitado muchas piezas. En la primera versión hablaba, a modo de cronista, sin distancia, de todo lo que rodeó a la elección de los candidatos del Partido Demócrata en Nevada. Contaba lo que vi en los caucus, el programa de candidatos como Denis Kucinich, y más cosas. Pero, al final, solo dejé los textos dedicados a Barack Obama y a Hillary Clinton. Con el corte, el libro ganó ritmo.

P. Esta vez ha traducido junto a su mujer y habitual traductora, Asun Garikano, el libro al castellano. ¿Por qué este cambio?, ¿por qué ha querido involucrarse en este trabajo?
R. Asun Garikano, traductora de Stevenson o de Faulkner al euskera, ha sido siempre de enorme ayuda para mí. Traducir del euskera al castellano es algo tremendo. Son lenguas muy dispares, no solo desde el punto de vista gramatical. Por suerte para mí, ella cargaba con el peso de la traducción. Esta vez, hemos trabajado juntos, de forma más equilibrada. Si le soy sincero, yo tenía mucho miedo, y el día que me puse a traducir tuve la sensación de que ni sabía euskera ni sabía español. Pero a los diez o doce días, me acostumbré al trabajo y de allí en adelante todo fue bastante agradable.

P. Sorprende la relación entre Nevada y el País Vasco: hay un Centro de Estudios Vascos, muchos pastores emigraron desde Euskadi en el pasado, también está la historia de Uzcudun… ¿De dónde viene este vínculo?
R. Asun Garikano ha escrito dos libros sobre el tema, Far Westeko Euskal Herria (El País Vasco del Lejano Oeste) y Kaliforniakoak (Los de California). La relación entre Nevada, Idaho y California con el País Vasco ha sido muy fuerte desde los siglos XVI y XVII. Basta mirar en el listín telefónico. O en los cementerios. Están llenos de nombres vascos. Pero, aparte de esa circunstancia, el Far West es un paisaje interior para casi todo el mundo. Por las películas, sobre todo. Por los libros, también. Cuando yo estaba en el servicio militar los soldados leían las novelitas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía. ¿Quién no tiene en su mente una imagen de los cowboys o de los indios?

P. El desierto parece haberle dejado una impresión muy profunda.
R. Mi primer libro de poemas, publicado hace más de treinta años, se tituló Etiopia. Tenía un único paisaje: el desierto. No sé por qué me atrae tanto, pero ha sido así desde mi niñez. Creo que mi afición a los paisajes de Castilla tiene su base en esa atracción. Me gustan los paisajes abiertos. No los paisajes cerrados, los que en Extremadura llaman óbrigos.

P. En Días de Nevada la naturaleza aparece muchas veces como algo amenazador e inquietante: está el desierto pero también el viaje a través de Sierra Nevada, las arañas que hay en la casa, los osos en el campus universitario… ¿Se debe al paisaje salvaje de Estados Unidos o hay algo más profundo detrás?
R. En un pasaje del libro, cuando se narra el viaje en coche de Reno a San Francisco, se dice que en Nevada los desiertos y las montañas proclaman orgullosamente su poder: “Somos seres violentos. No estamos a vuestra merced, sois vosotros los que estáis a la nuestra”. Creo que es verdad. Allí no hay bromas. Ni con el frío, ni con el sol, ni con los animales. Pero, claro, hay algo más. El miedo no es solo el mayor creador literario. Es el primer motor. Todo lo que ocurre, tanto en el plano individual como el público, tiene que ver con el personaje que Gonzalo de Berceo, utilizando una palabra vasca, llamaba “Don Beldur”, es decir, “Don Miedo”.

P. La contradicción o el debate entre el afán de justicia y la compasión hacia el criminal recorre todo el libro y reaparece una y otra, ¿por qué?, ¿de dónde surge esta preocupación?
R. Efectivamente, el tema forma parte del núcleo del libro. En el libro se plantea con la pregunta: ¿Qué debe hacer la ciudad con King Kong? Históricamente, desde la época de las tragedias, la pregunta era otra, era fundamentalmente política, y giraba en torno a la legitimidad del poder: ¿Merecía Antígona un castigo por no cumplir la ley de ciudad? ¿Hacía bien en oponer la ley de la sangre, de la familia, a la ley de la ciudad, del Estado? Pero el mundo es ahora más desequilibrado e injusto que nunca, la desigualdad es cada vez más grande, y en el futuro va a haber muchas acciones violentas que solo muy forzadamente podrán considerarse políticas. Serán acciones desesperadas, irracionales, monstruosas. A nivel local y a nivel mundial. No será Antígona el elemento discordante, sino King Kong. Es entonces cuando se planteará con fuerza el tema que yo he querido exponer en el libro, qué relación debe haber entre compasión y justicia.

Lee las primeras páginas.

Bernardo Atxaga. Foto de archivo.

Bernardo Atxaga. Foto de archivo.

El autor:
Bernardo Atxaga (seudónimo de Joseba Irazu Garmendia) nació en Asteasu, Gipuzkoa, España, el 27 de julio de 1951. Se licenció en Ciencias Económicas y desempeñó varios oficios hasta que, a comienzos de los ochenta, consagró su quehacer a la literatura. La brillantez de su tarea fue justamente reconocida cuando su libro Obabakoak (1989) recibió el Premio Euskadi, el Premio de la Crítica, el Prix Millepages y el Premio Nacional de Narrativa. La novela ha sido llevada al cine con el título Obaba. AObabakoak le siguieron novelas como El hombre solo (1994), que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica de narrativa en euskera, y Esos cielos (1996), y libros de poesía como Poemas & Híbridos, cuya versión italiana obtuvo el Premio Cesare Pavese de 2003. Su obra ha sido traducida a veintisiete lenguas. La edición en euskera de El hijo del acordeonista ha recibido el Premio de la Crítica 2003. Bernardo Atxaga es ya uno de los creadores de mayor hondura y originalidad en el panorama literario de este principio de siglo.

El libro:
Días de Nevada (título original: Nevadako Egunak, 2013) ha sido publicado por la Editorial Alfaguara en su Colección Hispánica. Traducido del euskera por Asun Garikano y Bernardo Atxaga. Encuadernado en rústica con solapas, tiene 408 páginas.

Cómpralo a través de este enlace con Casa del Libro.

Para saber más:

http://www.atxaga.org/

http://web.archive.org/web/20131017205455/http://www.euskomedia.org/aunamendi/53907

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